David Llorente · Kira

Aúlla el primer perro, y enseguida

hay un eco en un patio, otros resuenan

a la vez en un único ladrido,

bronco, sin ritmo alguno.

Ladran con sus hocicos levantados.

Oh, perros, ¿desde dónde habéis venido?

¿Qué mañana me evoca vuestra nocturna queja?

Oigo cómo acosáis al sueño de mi hija

desde vuestro jergón, entre excrementos

con los que habéis marcado un territorio

de callejones, patios, descampados.

Tal como vengo haciendo

con mis poemas, desde donde aúllo

y marco el territorio de la muerte.

“Las cuatro de la madrugada” | Joan Margarit

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Cada tarde, tumbado sobre las losas frías de mi habitación, me cuestionaba si los perros famélicos son parte de la tradición literaria del augurio, si el latín es una lengua muerta o húmeda como el sexo de las alumnas aspirantes a escritoras, y muchas otras dudas que me duermevelaban y me deshacían en lágrimas por mi arquetipo evidente de reseñista, y del que solo me sacaban mi flauta de hueso y la tardía lectura de autores españoles perdidos por Centroeuropa, pues yo había de leer la primera novela de David Llorente muchos años después de que se publicara.

   A David lo conocí en otras circunstancias (Ofrezco morir en Praga, Onagro, 2008), y tuve la necesidad de seguir leyéndolo. Comencé una búsqueda extraña desde aquellas latitudes azules, desandando el alfabeto llorentiano hasta la primera palabra, la raíz de su escritura editada, y descubrí un presagio cuyo tronco era la muerte, el amor… y la huida. La huida de la muerte a través del amor, la huida de uno mismo cuando uno se siente parte de otra persona, la huida idealizada que retrasa lo inevitable. Kira es noventa páginas que empujan al lector a coger la carretera, a escapar de la frialdad y el aislamiento que nos infligimos cuando la soledad nos hace subir al tejado y envenenarnos.

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EL JUEGO SERIO

   No es tan evidente como puede pensarse encontrar en la primera obra un estilo tan definido en contenido y exposición, donde cada frase es un párrafo aullante de esbozos y pinceladas de lo que conforman las siguientes novelas de David: hablamos de la importancia del clima, de llevar consigo un hermano muerto, de abandonar los límites de nuestro mundo; de superar el estereotipo desde el humor y lo grotesco, de ser coherente al narrar la crueldad y de un análisis crítico sin abandonar el elemento fantástico que abunda en toda su obra. Quiero decir con esto que todas las novelas de David Llorente son una sola, y una lectura cronológica de ellas es seguir las migas de pan hasta la esencia de las emociones humanas.

   Por otro lado, la estructura, tan característica y aplaudida en sus dos últimas novelas (Madrid:frontera, Alrevés, 2016; y Te quiero porque me das de comer, Alrevés, 2014), es un factor decisivo en Kira. Incluso podríamos tomar el primer párrafo ―trampantojo de un narrador en tercera persona― como una invitación a un juego, como cuando los niños ponen toda su capacidad en desarrollar meticulosamente un divertimiento. Hay una trinidad de construcciones, cada una delimitada a un plano textual: la caja china de novela que encierra otra novela; el espejo (esperpéntico espejo) de personajes contrarios, complementarios o incluso confrontados consigo mismos unas páginas después; y el circular trato del tiempo, que abarca desde el pretérito de los recuerdos hasta el presente soñante de los personajes que no reconocen la realidad que los envuelve. Tres mecanismos cuya cuadratura es el lenguaje como elemento rítmico y su abanico de recursos (onomástica con F de los personajes femeninos; la animalización progresiva; quiasmos y paralelismos identitarios entre los personajes por los que fluye alguna de los temas principales; etc.); sin olvidar los aullidos de Kira, esas campanas que doblan a muerto durante toda la obra y que son leitmotiv y desfogue de instintos.

   El complejo esquema estructural y la fluidez con que traza una historia innúmeramente escrita y leída, sembrada de referencias literarias (Carpentier, Jardiel Poncela, Nabokov, García Márquez), son en sí una trampa más en el juego serio que nos presenta Llorente, hasta el punto de preguntarnos cómo coño va a ser esto una ópera prima, cómo diantres un estudiante de Filología pudo escribir declaraciones de amor y pasajes de derrota como si hubiese vivido todas las guerras de su siglo.

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   David Llorente tenía veinticinco años cuando se publicó Kira, novela corta o cuento largo y encantador que cautivó el corazón del jurado del Premio Francisco Umbral con ese fárrago de palabras y la historia triste de una perra que yo siempre imaginé como un galgo. Su reedición (Alrevés, 2017) es un paso más en la reivindicación y el reconocimiento de un autor del que aún queda mucho por leer y decir: un guadiana vivísimo de literatura comprometida que sigue dándonos de beber un estilo propio novela tras novela, drama tras drama. Veinte años después, como gardeles y odiseos, vuelve su primer hachazo al lector, henchido de ternura e inteligencia; ladra ineludible y celebrada, porque siempre es un gozo apartar el polvo de los grandes libros.

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