Olga Rodríguez en Rey Heredia

El Centro Social Rey Heredia es un icono en Córdoba; una consecuencia tangible de la conciencia social que despertó hace unos años. Es, sobre todo, un espacio generoso y colectivo donde escuchar y aprender. El jueves pasado tuve la ocasión de conocerlo, de entrar y ser partícipe de uno de sus actos (gracias a Mónica Cillán por avisarme, no hubiera ido si no es por ti).

  Olga Rodríguez entró despacio a la sala 12 del centro, atravesando una banda sonora de voces bajas, cámaras fotográficas y sillas arrastradas. La misma Olga que leemos y escuchamos desde casa en eldiario.es estaba allí, y había venido a hablarnos de paz. De la paz instrumentalizada, de la esperanza idealizada de una pacificación real de todos los conflictos del mundo. De Oriente Próximo y Oriente Medio. De periodismo y de humanidad.

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«La paz es no tenerle miedo a las serpientes»

  Esa es la respuesta que Olga recibió en Etiopía cuando preguntó qué era la paz. Porque el concepto es poliédrico: desde una paloma hasta un Nobel, la paz ha sido utilizada para definir situaciones muy alejadas de su significado, principalmente por los vencedores. Es indignante conocer las relaciones entre las convenciones de paz, el neocolonialismo, la financiación de todos los bandos y la vanidad moral ante las consecuencias de una guerra, pero es vergonzoso descubrir que todo el proceso está dirigido por las mismas manos. Es difícil definir la paz, pero ¿qué es la serpiente? Podría ser que los cinco primeros exportadores de armas sean miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (España es el séptimo). La serpiente puede ser la ruta que hace el dinero que financia milicias, ejércitos y dictaduras por todo el mundo, a menudo con escala en Washington y Londres. La serpiente habla todos los idiomas y no ofrece manzanas.

  Resultó demoledor escucharla sintetizar el origen de los problemas en Oriente Próximo y Oriente Medio, y comprobar que lo único que tienen de actual son sus consecuencias. La intervención de Olga fue un dedo señalando causas ocultas de los conflictos en Siria, Turquía, Líbano, Irak, Libia o Túnez; desvelando la importancia de Egipto en la región; y apuntando a los que provocan la barbarie, a los que la sufren y a los que la encubren.

«Pan, libertad y justicia social»

  Los tres grandes aliados de Occidente en la zona han sido Israel, Arabia Saudí y el Egipto de Mubarak. Israel se encarga de alimentar la criminalización del mundo árabe y de la religión musulmana; Arabia Saudí maneja el dinero e interviene en la región; y Egipto representa todos los prismas de una frontera entre dos bloques culturales, pero iguales en su condición humana; porque, más allá de la confesión y el pensamiento, del interés y de las alianzas, todos sentimos del mismo modo la injusticia.

  Contó Olga que «pan» y «vida» en Egipto se dicen del mismo modo. Las revueltas de 2011 no surgieron de repente en el país árabe, sino que fueron consecuencia de una lucha social anterior, cada vez más numerosa y más transversal, que surgió en apoyo al pueblo palestino durante la segunda intifada y continuó cociéndose poco a poco (a pesar de la represión dictatorial), marcando hitos como las manifestaciones contra la guerra en Irak y las huelgas de 2006 y 2008, donde las mujeres tuvieron un papel decisivo. Tras la caída de Mubarak, las matanzas y el golpe militar posterior, Egipto sigue luchando, aunque nos lleguen menos noticias.

  Es un ejemplo más de defensa de los Derechos Humanos, que, a pesar de haberse conseguido en el siglo XX, su contenido adquiere un cariz revolucionario en el XXI. Una defensa protagonizada por mujeres, por obreros, por ciudadanos de todas las condiciones, ideologías y creencias; todos juntos siendo actores principales de la historia, a menudo como víctimas.

La noticia invisible

  Lo que conocemos e ignoramos de esas personas y del contexto que viven depende de los medios de comunicación, cuya actuación con respecto a los conflictos bélicos, políticos y socioeconómicos es determinante. Se habló del corresponsal de guerra en España como especie en extinción y de AP y Reuters, las dos grandes agencias que cubren conflictos armados, y de las que se nutren prácticamente todas las redacciones. Hubo tiempo también para ejemplificar las presiones, la manipulación y la censura en el periodismo con relación a lo que ocurre a diario en las zonas de conflicto.

  La voz de Olga anunció el secreto a voces: «se considera noticia a lo excepcional», obviándose lo que ocurre a diario. Y aquí se abren todas las interrogaciones posibles: ¿Qué está ocurriendo ahí fuera realmente? ¿Qué noticia es objetiva y cuál responde a otros intereses? ¿Repetir la misma información es informar? ¿Hay periodismo más allá del teletipo? Todos suponemos que los medios de comunicación y los periodistas reciben presiones (a diario), pero no solemos conocer casos concretos. Tampoco somos conscientes, más allá de la mera intuición, de las prácticas negligentes que se ejercen de manera automatizada en las redacciones. El periodismo no es el cuarto poder, es el derecho de los ciudadanos a la información, y la sociedad también es responsable de la crisis del sector, que no es únicamente económica. De las palabras de Olga y del trabajo de periodistas como ella deduzco que la necesidad del periodismo es prioritaria y proporcional al veneno que lo está matando.

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  Acabada la intervención, se respondieron las preguntas: los refugiados, la detención de los titiriteros en Madrid, cómo se prevé el estallido de una guerra, el capitalismo en los medios de comunicación o el sistema patriarcal fueron algunas de las cuestiones tratadas. Dos horas después del inicio de la charla, llegaron los aplausos.

  Saliendo de la sala 12 pude acercarme un momento a Olga, felicitarla por su trabajo diario y preguntarle algo que fue cogiendo forma mientras escuchaba sus experiencias como corresponsal de guerra:

  «¿Cómo se vive con todo eso?»

  «Lo más difícil es cuando vuelves».

  Fue una conversación enriquecedora y cercana.

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  De regreso a casa, Córdoba ya era la ciudad amarilla en que se convierte cada noche. Las calles vacías y la cabeza llena de ideas y preguntas, de recuerdos. La eterna lucha por la paz entre uno mismo y el mundo.

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