Hachís

Más allá de los compartimentos independientes mediante los que se estudia Historia, el tiempo de las sociedades avanza mezclado todo con todo. El último ejemplo de totum revolutum que he encontrado está en el Diccionario de la Real Academia. Voy más allá de que nuestro léxico sea hijo de mil padres: hablo de la literatura que brota de las definiciones.

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  Si hacemos la prueba de leerlo muy despacio y en voz alta, masticando cada vocal y cada consonante, terminaremos de pronunciar con la boca llena de especias. No creo que esa aliteración de interdentales o esa leve rima interna asonántica sean casuales, aunque sí pueden ser inconscientes. Lo indudable reside en la existencia de «literariedad» en tanto que la fonética también es un elemento definidor de la palabra y lo que la palabra representa; no en vano se asemeja a la aspiración del consumo de hachís y el lenguaje empleado advierte un exotismo propio del dado por costumbre a este tipo de droga, a su origen y a la etimología del término. Aquí hay literatura, lo queramos ver o no; aunque le falte algo.

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  Faltan las sombras. Si con la definición que actualmente el DRAE ofrece sobre el término «hachís» hemos visto la palabra literaria como espejo de la realidad, aquí vemos la realidad descrita a través del lenguaje. La enmienda ofrece la visión que políticamente tiene el concepto, y esa perspectiva también puede ser literatura, si bien transmite con un léxico aséptico una definición en la que la relevancia de lo químico extirpa toda posibilidad de evocar. Pero cumple el objetivo que pretende: no hay belleza en la droga.

  Sin embargo, La consecuencia de esa intencionalidad, por prosaica que resulte, es la persistencia de la literatura; quizá no del arquetipo que tenemos de ella, pero no hay duda alguna de que la palabra es flexible según la voz o el lápiz que la use, y según donde se encuentre, y eso hace posible que una enmienda a una definición no aporte más que otro tipo de percepción literaria.

  Acaso deberemos preguntarnos cuándo y por qué determinamos que las instituciones y los documentos «oficiales» han de ser ajenos a la literatura. O algo mucho más profundo: con qué criterio establecemos que comprar el pan, cortarse las uñas o empujar la basura hacia el fondo del cubo porque no quedan bolsas de repuesto no es literatura, a menos que esté impreso.

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2 thoughts on “Hachís

  1. Alfonso Larrea dice:

    El diccionario es como un fantasma. Está en las casas, en las aulas, en Internet; pero solo cuando se necesita, como a los fantasmas, se acude a él.

    Hay un grupo de gente, en el que sé bien que tú te encuentras, que tiene el don de ver más allá de lo que se toca, de valorar algo más que las funciones prácticas de este tesoro de las palabras. Este artículo puede ser un homenaje a esa capacidad.

    Gracias por tu comentario, Mónica, 🙂 AT.

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