Ferias del libro

Se multiplican las ferias del libro. Es el momento que muchos esperan para ver de cerca a sus autores predilectos, para demostrarse doctos de su obra, para una firma, una autofoto. Hay autores noveles que confiesan su mierda de trabajo, y otros a los que habría que asegurarles las manos por un millón de euros. Decenas de agentes, editores, críticos, periodistas y libreros forman su infraestructura. Escritores que discuten sobre si uno es escritor cuando escribe o cuando publica; si la autoedición es animal de compañía o suicidio de la reputación. Entre las cajas de cartón apiladas tras las casetas se oyen rumores de si un libro electrónico sueña con lectores androides.

  Mezcladas con los muchos caminantes, aparecen pancartas y gritos. Hay murmullos. La gente se pega a las casetas para dejar paso, esperando alguno que otro en birlar el libro que quiere y que cuesta cinco euros más de lo que lleva encima. Las pequeñas, nuevas y jodidamente arriesgadas editoriales se dan a conocer sin tapujos.

  Los bohemios, los socialistas, los herederos de Umbral y Mingote, los esnobs, tribus intelectuales; la clase media, los amantes, los funcionarios de prisiones, los curiosos, los fanáticos, los cabezas rapadas, los libertarios, los conservadores, el trasnochamiento, las coderas, los galdosianos, los que toman café bombón y hablan de la arquitectura de Centroeuropa… Todos están ahí, con todas sus madres, parejas, hijos y amigos, profesores y alumnos. También hay enamorados del libro como objeto físico, como método de evasión. Qué les voy a contar: para gustos, definiciones de lectura.

  Por el suelo, como plantas rodadoras entre los zapatos, noticias: dos librerías cierran cada día en España, el sector editorial supera la cifra de publicaciones del año pasado, los libreros tienen moderadas esperanzas tras ocho años de caída. Un tipo con barba muestra a un nutrido grupo de japoneses la pipa que acaba de adquirir en el Rastro: el guía le pregunta si es más importante un libro o tabaco para lucirla.

  Un librero es una persona que tiene más dignidad que ganas de comer.

  En una imagen satélite, del epicentro de cabezas que se mueven entre las filas de toldos, aparece un bocadillo que contiene el siguiente lema:

  «No hay lectores pa tanto libro».

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