Sin noticias de Europa

, que a tantos nos has parido, cada uno de un padre, y que tanto hemos hecho por dividirte poco —aunque consiguiéramos lo contrario—, míranos.

  De tus senos brotan espigas amarillas.

  Ya se fueron todos los hijos, madre. Ya sola te has quedado, con la falda hecha jirones, de tanto esconderse los tuyos.

  Han acariciado la prohibición, han ajustado la ética sobre el yunque; ya no quedan más que perros aullando a lo largo de tus acantilados.

  En tus bubas han sembrado nacionalismos, madre.

  Como un faquir nos sostienes, ya como tierra sobre tierra, senilidad que emerge de las aguas.

  A tus achaques les consentimos nóbeles de la paz.

  Míranos, madre. Solo nos queda de tu memoria una moneda. Su símbolo no abraza, apunta.

  No podemos recuperar el tiempo, y qué alivio si solo eso hubiésemos perdido.

  Solo nos queda la incertidumbre de si al morir conservaremos la voz; con ella te suplicaremos que nos entierres todo lo cerca de ti que puedas, para escuchar tus huesos como aquellas bombas lejanas en tu geografía.

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