Ciudades

Hay ciudades donde el trajín de la cafetería es el Guadiana mismo. Ciudades donde el sol produce una convivencia de posguerra al no bruñir el ladrillo rojo, la pintura. Las pocas construcciones de piedra están perdidas, ancianas, encerradas entre pasos de cebra que ignoran su historia, si acaso la poseen. Se repite falazmente que hay una cara oculta de los sitios, que hijos de puta hay en todas partes. Pero no en igual número: hay ciudades que los acogen; tienen salvoconductos con su rúbrica.

  Hay poblaciones, colectivos ingentes de habitantes con el esternón lleno de sus ciudades: estas se multiplican por las esporas de la incultura, de los vicios nacionales y de la despreocupación. La despreocupación implica ignorancia.

  Existen núcleos urbanos muy leales, muy nobles, muy invictos. Esos son los primeros infectados. Todo lo que tenga algún valor es susceptible de ser corrompido. Seres humanos que pasean sin escandalizarse por las pintadas en sus monumentos, que necesitan apoyar los codos para expresar su ideología. Sus obras de arte se pudren en establos. Hay terremotos de avenidas que no prosperan aunque se aferren al clavo ardiendo de su pasado.

  Los polígonos industriales son las nuevas murallas. Los puntos negros de las carreteras se trafican. Se talan árboles. Vallas publicitarias anuncian el ébola. Y los teatros… Tiendas de ropa. No quedan esquinas sin antidisturbios. Las prioridades se vuelven esquivas. Los arquitectos, en el ajo.

  En las ciudades no hay crisis, sino péndulos de hipocresía.

  Rehúsa su trigo y no bebas su agua. Están subvencionados.

  Por supuesto hay rebelión; personas que ocupan espacios. Cuidado. Bajo su indignación pueden converger desastres. Otros hay que determinan el cambio porque no piensan diciendo, sino actuando. Lo más difícil en las ciudades enfermas —sobre las que se puede recorrer el estado de costa a costa— es diferenciarlos.

  Y sobrevivir.

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