Muerte de Enrique Urquijo

1999.

  – Desabróchale la camisa.

  Un vecino ve algo. Encerrado en ese portal, a falta de hospital y aun a vista de todo el mundo, Enrique Urquijo pierde el color.

– Déjale, ¿no ves que está muerto?

  El masaje cardíaco de nada sirve. Tras una leve tos, como si hubiese muerto y resucitado, Enrique que ya no es Enrique se desliza por el mármol vidrioso y mojado hasta dar con los pies en el otro extremo del quicio. Sus acompañantes secretos no saben qué hacer más. El sudor se enfría.

– Hemos perdido el control.

  La chica le aprieta una de las manos, la de las yemas duras con una pátina de cuerda desgastada, aunque no lo sepa.

  Malasaña a oscuras es un caleidoscopio.

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