Alfonso XII y su duelo por María de las Mercedes

1878.

  Había pedido que lo dejaran solo en el carruaje. El cochero juró por el altísimo que oía llorar al rey por encima de los cascos de los caballos.

  Ordenó que, a su llegada, el Palacio Real de Ríofrío y sus súbditos vistieran luto por dentro y por fuera. «Mi amor, mi amor», le entendían entre los quejidos por los salones.

  No probó bocado. No cuidó su bigote ni sus patillas. No se aseó ni permitió que vaciaran sus orinales. Todas las velas del reino estaban en su aposento al caer la noche. Cuando llegaban noticias del velo por el alma de la reina que Madrid, Sevilla u otras ciudades hacían, chillaba tapándose los oídos, en paños menores por los pasillos oscuros; en varias ocasiones perdía el sentido ante un cuadro o un recuerdo. Qué triste.

Anuncios

Opinión de los lectores:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s