Galdós no ingresa en la Real Academia

1889.

  De nada servían las quejas de Leopoldo (ni las súplicas).

  Paseando cerca del Teatro de la Ópera, junto al alsaciano, no acertaba a comprender. No fueron sus pasos por los derroteros de la fama ¿Cómo aquello? No acertaba a comprender.

  De nada servía la elocuencia de Emilio (ni los ruegos).

  «Algo tendrá Commelerán que no tenga yo», se dijo mucho. ¿Era un clamor o le parecía? ¿Había gastado Madrid toda su apariencia contra él? ¿Sería igual en esta ocasión?

  De nada valían los ataques de Marcelino (ni las aseguraciones).

– ¡Qué desmán, don Benito! –le gritó un mozo a su paso.

  Volvía a casa. No había mitigado el paseo a la migraña, que se le subía como el perro para que le prestara atención. Una carta de Emilia. «No entre en una institución de la que le han desalojado ignominiosamente (para ellos). No le toca en la Academia no digo sillón: ni siquiera taburete».

  Galdós no acertaba a comprender.

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