Juan Luis Vives recibe la noticia del castigo a su madre por la Inquisición

1529.

  Margarida Valldaura acaricia el cabello de Juan Luis Vives, que llora desconsoladamente sobre su De concordia et discordia in humano generis, dedicado a Carlos V para conseguir su favor. Entre las arrugas de su rostro, Margarida le nota una rabia propia.

– ¿Otra vez los dolores?

  Juan Luis Vives asiente sin dejar de empapar las últimas palabras escritas. Quizá el origen de los Países Bajos radique en aquel llanto tan de niño pequeño. Otra vez a su vida volvían los temibles fantasmas de la persecución.

– ¿Qué necesidad tenían? –se pregunta.

– Siempre estuvo con Adonay, querido. No podemos hacer más que alabarles.

– ¿Qué sentido tiene pedir protección al Rey y suplicar clemencia a don Alfonso Manrique, si años después de que mi madre dejara este mundo ocurre esto? Amor mío, ¿por qué han quemado a mi madre?

  La ventana absorbía la luz de la habitación. Juan Luis Vives seguía abrazado a su esposa, con la amistad rota de Tomás Moro, el corazón parado por la segunda muerte de su madre y el cuerpo incubando jaquecas y úlceras.

  Su regreso a Brujas no fue como esperaba.

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