Protesta en el servicio militar

1946.

– Esto es incomible.
– ¡Pues quéjate, coño!
– Pero a mí solo me meten en el calabozo. Vamos todos.

  Antonio aun se tocaba la frente con la punta de los dedos con cara de disgusto. El sargento le había clavado el cañón del fusil por no haber hecho correctamente la maniobra. De repente, unos compañeros se levantaron y fueron a las puertas del comedor, entre el contenedor de la basura y las cocinas, y tiraron los platos de lentejas al suelo.

  Rápidamente, todas las mesas permanecieron atentas a los suicidas. Los cocineros salieron pidiendo explicaciones.

– Aquí tienes tus explicaciones –el raso pisó las lentejas y arrastró la bota. El sonido a piedra y arena era evidente– Ni los perros se comen esto.

  Habían vuelto a su sitio cuando el cocinero fue a buscar al sargento y todo el comedor se puso de pie, negándose a comer aquellas lentejas que, si bien algunos de los nuevos no habían cogido una cuchara desde hace tiempo, les merecía la pena no probarlas.

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