Virgen de Alfileritos

1618.

  Don Fernán de Ávila regresa a Toledo.

  Ha tenido un duelo hace dos días.

  Aun herido, febril, le espera a la entrada de la calle un mozo al que ha pagado para que le ayude a llegar desde la fonda. Se oculta cerca de la Virgen y espera.

  ¡Cuántas noches ansió esperar! Y después de tantas venturas y combates…

  Tiempo después, aparece doña Isabel y su aya, ataviadas con ropas extrañas, no propias. Una vez están ante la Virgen, encajada en la piedra, encienden una vela que ponen a sus pies. Don Fernán no acierta a entender sus susurros. La aya mira a un lado y a otro.

  Cuando parece que terminan de orar, doña Isabel saca un alfiler dorado, brillante ante la llama.

  Al ver su mano, Don Fernán la reconoce.

  Ante el estupor de la aya y la señora, que descubren tras de sí una sombra desconocida que se abalanza, don Fernán, a pesar de su estado, mantiene firme su paso y pulso, sujeta con delicadeza la mano de la muchacha y dice:

– Este alfiler, mi señora, no ha de atravesaros la piel, pues soy don Fernán de Ávila.

  Cayó el alfiler a la piedra, tintineando al compás de la llama de la vela. Don Fernán se descubre el rostro y doña Isabel llora de amor.

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