Juan de Yepes pide ayuda en su cautiverio

1578.

  A ti, Mi Señor, doy gracias por la benevolencia de fray Juan de Santa María.

  En los pocos momentos que Tu Luz entra por aquesta saetera, antes del almuerzo, puedo dar cuenta escrita de los versos que te honro en mi cabeza desde hace meses.

«¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
Habiéndome herido;
Salí tras ti clamando, y ya eras ido».

  Señor, pido perdón por insistir a fray Juan que me diese a probar bocado en los tres días de ayuno que fray Jerónimo dictó.

  Cuando paso mis manos por mis costados, acierto a reconocer cuáles son los varazos más nuevos.

  Señor, perdono a padre Hernando por sus acciones.

«Apaga mis enojos,
Pues que ninguno basta a deshacellos,
Y véante mis ojos,
Pues eres lumbre de ellos,
Y sólo para ti quiero tenellos».

  En la ciudad de Toledo me sé, pero camino sin caminar, perdido y quieto.

  Tú eres el canto del Amado que me salva.

  Dentro de estos muros, te contemplo.

«Mi alma se ha empleado,
Y todo mi caudal, en su servicio,
Ya no guardo ganado
Ni ya tengo otro oficio;
Que ya sólo en amar es mi ejercicio».

  Señor, pongo en tus manos el fin de mi calvario.

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