Cervantes y el túmulo del rey Felipe II de España en Sevilla

1598.

  Era imposible percibir la piedra berroqueña de la grada ni a unos pocos palmos de distancia. Los sevillanos alzaban la vista y hacían burla del pobre San Lorenzo, obligado a ser inaugurado en los fríos, tan poco frecuentes en su dicha. Los que, aun con errores, acertaban a leer la inscripción latina del altar, difundían la palabra en derredor. Un soldado daba pan a un niño que lloraba a la sombra de las banderas con la cruz de Borgoña.

  Sevilla mostraba su orgullo por aquella obra y, expectante por tenerla ante los ojos, no había entre sus ropas aire, sino murmullos, algo más chisme que duelo, y alguna verdura comprada junto con noticias de las Indias; en concreto, del nombramiento de Juan de Oñate como gobernador de Nuevo México. Entre todos los habitantes, admirados y encogidos en el sufrimiento que inspiraba su presencia, se alzó, custodiado por las puertas de la catedral, un poeta de mano pegada al cuerpo, mientras que diestramente hacía petición de ser escuchado.

  En el noviembre de mil e quinientos e noventa ocho años, Miguel de Cervantes declamó su honra y su venganza a Felipe II. Las gentes, atentas, aplaudían y abucheaban el soneto, que se apresuraron algunos en buscar copia para memorizarlo y para deleite de las valentones de la Roma andaluza, pidiendo que repitan la anécdota del túmulo a un rey muerto hace cincuenta días y que, como se verá, no pervivió lo esperado.

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