Català-Roca antes de Català-Roca

1939.

  Salía Francesc del edificio cabizbajo. Su hermano Pere lo esperaba con las manos en los bolsillos, manteniendo el equilibrio sobre los adoquines del recinto con un desconocido cálculo simétrico.

– ¿Qué tal ha ido? –preguntó Pere. Su hermano venía cariacontecido hacia él–. Que qué tal ha ido… Francesc, ¡deja de hacer el bobo y contéstame!
– Mal. Ha ido mal –acertó a decir.
– Bueno, no te preocupes. A mí no me fue mejor, y mírame.
– Han cambiado muchas cosas, y aquí tampoco hemos sabido cómo estaban en el otro lado. Se han pasado con las preguntas.
– Calla y reza porque no llamen a padre –dijo Pere mientras se movía como una palanca sobre el eje de sus caderas, braceando por no caer cinco centímetros a la derecha.

  Dejaban atrás el edificio del Ministerio. Tiempo después, al llegar a casa, Pere entró el primero en el zaguán, se detuvo un instante y miró a Francesc:

– Siento que no hayas podido retomar los estudios.

  Francesc muequea y responde:

– Aun tenemos el estudio de padre.

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