Fisterra

I milenio antes de nuestra era.

  Habían llegado a esa lengua de tierra en la mañana. Muchos de ellos quedaron en ella preparando un pequeño campamento, mientras que el resto subía nuevamente a la embarcación. El hombre delgado se acercó a ellos señalando al cielo y les dio un cilindro de roca tallada.

  A pesar de que no estaban allí para asentarse, inspeccionaron los límites de tierra, sin avistar nada extraño. En aquel punto de costa de la que partieron, que con antiguos cálculos determinaron que no era la más occidental, había víveres suficientes.

  Por el oeste, nada.

  En el Eritreo no tenían esa sensación.

  El hombre delgado, allá donde crecieron y aprendieron a navegar, les indicó que el planeta mayor se escondía en algún lugar durante la noche. En su periplo, cuando creyeron encontrar los límites de la vida, vieron cosas, gentes y lugares que nunca habían podido creer.

  Al caer la tarde, un marino turaní percibió que algo ocurría en las aguas occidentales. Todos observaron cómo el Sol se hundía en el mar, deshaciéndose en hebras de fuego que adornaron las ondulaciones. Se aferraron al cilindro y entonaron.

  Al volver a tierra, donde sus compañeros los esperaban, aseguraron que habían visto su nave, toda ella luz roja, y que temían por sus vidas. El hombre delgado recogió el cilindro y oró a Uanna.

  El pueblo kaldû había encontrado lo que buscaba. Decidieron construir un altar al Sol al que rendir culto y enviar emisarios a Caldea para informar que habían descubierto el fin del mundo.

Anuncios

Opinión de los lectores:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s