Luis Buñuel y Las Hurdes

1932.

 

– Ramón, se te está quemando, coño.

  Luis devuelve la vista a los fotogramas. Tiene un burro desplomándose en la mano cuando el humo del aceite es insoportable para él.

– ¡Ramón! ¡Ramón!

  Deja el cigarrillo en el borde de la pila y rompe rápido los huevos en el canto de un plato. Al abrir el cascarón y caer el huevo, una pompa de clara hace saltar el aceite a la cara de Luis, cerca de la pupila esquiva. Se aparta entre refunfuños cuando aparece en la cocina Ramón.

– ¿Se puede saber a qué vienen esos gritos? –pregunta Ramón, que encuentra a Luis apretándose con la mano el lado derecho de la cara, mirándole fijamente con el ojo izquierdo.
– Sigue tú con los malditos huevos –responde tras un suspiro.

  Ramón, que avanza del quicio de la puerta a los fuegos, se detiene al ver un montón de fotogramas ordenados, pero apartados de donde Luis acaba de sentarse.

– ¿Y estos?
– Son las escenas preparadas. Sobran –contesta sin levantar la vista, revisando al burro, en el mismo desplome en el que lo ha dejado, a la misma altura y el mismo grado de inclinación de las patas sobre las piedras.
– Esto está ya. Recoge eso.
– ¿Qué pasa? ¿Encima me vas a tratar como a un niño? –protesta Luis.
– En lo que recoges, se hacen los otros huevos.

  Luis coge el cigarrillo, da una calada profunda y pone orden en la mesa de la cocina.

•••••••••••

  Con los platos cubiertos de migas de pan, Ramón Acín sirve más vino.

– ¿Cuánto tiempo crees que van a tardar en censurarla?
– Confío en que no sean aficionados al cine –dice entre risas Luis Buñuel–. No creo que tarden mucho.
– A lo mejor la prohíben entera –apuntó Ramón.
– Por desgracia, siempre habrá más respeto para un médico o un rey que para un artista.
– Por eso no debería haber médico o rey, Luis.
– Y tampoco tan poco vino. ¿Quieres? –Luis llena su vaso a la mitad y, a pesar de la negativa de Ramón, le sirve la misma cantidad – Oye, ¿estamos en paz en Las Batuecas?
– Sí.
– ¿Y con «el Tureles», «el Choto», Tío Vito…?
– Y con Herminia, que no se te olvide –añade Acín, que asiente con la cabeza mientras Buñuel recuerda a los hurdanos que han participado en el documental–, que suerte tuvimos de que nos dejara al crío.
– Sí, sí, sí… Era guapa la Herminia, jodo. Me hubiese gustado que tuviese música. Música clásica –Luis se recuesta en el respaldo de la silla y, sonriente, imita los movimientos de un violinista.
– ¿Con qué dinero?
– Vende el Fiat.
– Lo necesitamos.
– Menudo productor –concluye Buñuel–. Ya podía haberte tocado el gordo de verdad, coño.
– Si llego a saber de esa jugada, hubiese hecho mejor apuesta –bromea Ramón. Permanecen un momento en silencio hasta que mira su reloj–. Me tengo que marchar, Luis.
– Espera, ¿qué prisa tienes? No te he dicho lo más importante.
– ¿Qué es, pues? –pregunta intrigado Ramón.
– Quiero llevar la película a Francia. ¿Qué te parece?

  Ramón Acín arquea la ceja y, unos segundos después, comprende la estrategia de Buñuel, que le dirige una mueca de aprobación.

– Vale, ¿cuándo terminarás con el montaje?
– No tardaré mucho.
– Entonces, ven a verme cuando esté. Primero tenemos que estrenar aquí. Y ahora sí, Luis, me tengo que marchar.
– ¿A por Conchita vas?
– No, no; he quedado en el Prado con Moreno Villa.
– Maldita sea, Ramón. Ir al Prado es un prejuicio burgués.
– ¡Sí, es un prejuicio burgués ir al Prado! –replica Ramón–. Mucho prejuicio ves en todas partes, amigo, menos en tus películas.
– ¿A qué te refieres?
– Mira la que estás montando, Luis; allí hay lo que hay, pero tu surrealismo lo magnifica todo.
– Mostraré a Las Hurdes por completo: si se despeña una cabra de vez en cuando, la despeño para el documental. Y punto, coño –Buñuel se levanta y se coloca la chaqueta que tiene en el perchero. Ramón le observa de pie cómo se mueve de un lado a otro de la cocina hasta que se dirige a él una vez que ha abierto la puerta principal–. Te acompaño.
– ¿Adónde vas?
– Tengo que reunirme con Federico en el Infanta Beatriz, pasa algo en Alemania y quiere que participe en algo.
– Pasa algo en toda Europa, Luis. Pasa algo en España.
– Y seguirá pasando si no coges tu chaqueta, apuras el vino y nos marchamos ya, rediós –acaba Luis Buñuel.

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