Descubrimiento de la cueva de Altamira

1887.

  Marcelino espera en la puerta de la iglesia, en la que un ciego pide limosna. Hace todo lo posible por no desconfiar de él, pero la sangre, la tradición y estos últimos años le pesan demasiado. Se acerca apresuradamente a don Pedro nada más verle salir a las escaleras.

– Buenos días, Sautuola.
– Buenos días, padre. ¿Qué desea?
– Acompáñame al huerto –ataja don Pedro, acariciando el aire con un ademán que indica a Marcelino por dónde ha de ir.

  Hacía media hora que don Pedro había pedido a Marcelino que le esperara tras la homilía. Permanecen callados durante el camino y entrada al huerto, la manipulación por parte de don Pedro de la cancela, el cobertizo y los utensilios de siembra. Cuando se acercan a un terreno fértil en patatas, Marcelino se atreve a susurrar: «Solanum tuberosum».

– ¿Qué dices tan bajo? – advierte don Pedro.
– Nada, padre; mentaba a las patatas –ahí queda todo. Tras un silencio adornado de gaviotas y la respiración de don Pedro, este deja las herramientas, se yergue y mira a Marcelino.
– Llevabas un tiempo sin venir por aquí, aunque María pasa más a menudo y me cuenta qué tal estás. ¿Aun sigues con los dibujos del monte Vispieres? –Marcelino desvía la mirada con resignación–. ¿Cuántos años más vas a persistir, Sautuola?
– Sé que tengo razón, padre. Dicen que lo he pintado yo, que es un fraude.
– No creo que lo hayas pintado tú, Sautuola… Pero hay otras soluciones muy alejadas de la que propones.
– Yo creo, padre, que…
– Antes de que continúes, te diré que solo se puede y se debe creer en Uno –don Pedro alza las cejas grises y salpica de arrugas su frente–. Además, ¿qué consigues, Sautuola? Tienes a españoles y franceses en contra de ti. Solo vives en paz en tu casa, ¡y ni ahí termina tu seso de entenderse!
– Aquel informe de la Institución Libre de Enseñanza era un disparate, ningún soldado romano podría hacer eso; en cuanto a don Ángel de los Ríos, creo que no hubiera…
– ¿Y qué me dices de la cuita que has llevado a don Juan Vilanova? –al interrumpir los pensamientos en voz alta de Marcelino con esta pregunta, don Pedro percibe que su rostro se llena de rubor–.
– Yo no provoco desventuras sin fundamento, don Pedro. Y mucho menos a nadie por obligación, salvo que sea a mí mismo –nada más escucharle, don Pedro tuerce una sonrisa y da una palmada en la pechera de Marcelino.
– Aun recuerdas tu hidalguía… Por favor, no la olvides. ¿O quieres acabar amancillándola? ¿Recuerdas a don Casiano?
– Hace mucho de eso, padre.
– Que el Santo Oficio no esté vigente, no significa que tu cabezonería no sea tenida en cuenta a los ojos de Dios.

  En ese momento, Marcelino saca un papel doblado de un bolsillo y se lo entrega a don Pedro. Este lo abre y descubre un bisonte.

– Voy a enviárselo a Eduardo Piette, un importante arqueólogo de Francia –apunta Marcelino–. También hay gente que defiende esto allí.
– ¿Y qué vas a hacer en caso de que se demuestre algo, que Dios sabe que no es así? Hasta Modesto ha pedido por carta que el Rey interceda por él en ese caso.
– ¿Modesto?
– Sí, tu aparcero.
– Él solo dio con la entrada, ¡nada más! Y no quiero hacer nada, solo que se reconozca y se proteja ese valioso hallazgo.
– No te creía tan zote, Sautuola, como para defender tan peligrosamente esos dibujos y las ideas que sugieren –concluyó don Pedro–. Decidí esperar para hablarte a que pasaran las semanas y las lenguas. ¡Siete años de paciencia viendo cómo se consumía un hijo de Dios en paganías! –Don Pedro le devuelve airadamente el papel a Marcelino–.Y ahora que te traigo a Su Casa, no eres capaz de iluminarte con su luz ni con mis palabras.
– Don Pedro, déjeme que…
– Márchate.

  Sale Marcelino triste del huerto. Dobla nuevamente el papel con el dibujo que él mismo copió días antes de la pared de Altamira. Se le manchan de color rojo las yemas de los dedos.

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