Nacimiento de Miguel Delibes

1920.

El padre espera en silencio en la puerta. A su lado están los dos críos, tranquilos, inocentes. Nada saben aun. Ve a lo lejos la bandada de aves, pero no oye disparos.

Se oyen los primeros gritos junto a la silla de anea. Tras un largo rato, que se le hacen al padre como cinco horas, la sombra alargada de su cuerpo acurruca el sueño de la prole. En ese momento sale la doña para dar el aviso. El padre, al apoyarse en la silla para erguirse, se clava una astilla y llora la yema sangre negra como tinta. Con esa misma mano acaricia al recién nacido.

– ¿Ves qué hermoso es, Adolfo?

– Sí, María.

Toma al niño, como para tener cuenta de su peso, de su realidad. Y antes de dárselo a la matrona, Adolfo Delibes le dice a su esposa:

– Lo llamaremos Miguel.

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